Me importan un pito las laptop

Sí, hoy me importan un pito. Porque luego de mi paseo diario por la prensa leí esa noticia que generalmente no sacude ninguna economía, ni partidos políticos, ni cortes supremas, ni rompe relaciones bilaterales. Es la noticia que se pierde en las últimas páginas de los periódicos y que fríamente condensan el dolor sin final de madres, padres, esposos, hermanos, amigos de alguna persona víctima del hampa y de la absoluta indiferencia de nuestras autoridades, que es todavía aún más criminal.

Hoy una madre le implora a Chávez que acabe con el hampa.

No, doñita. No le implore. Exíjale. Ese dolor que usted siente ahora por la pérdida de su hijo no debió haberlo sentido nunca. Al presidente no se le debe suplicar sino exigir, porque para eso usted y millones de venezolanos le eligieron. Para que administrara el país con justicia, dignidad y respeto a sus compatriotas. Y así como debe exigirle que acabe con el hampa, pídale que acabe con la policía. Es imperdonable que hayan impedido la atención médica a su muchacho y le hayan dejado morir. En este caso, como muchos otros la policía ha sido más criminal que los delincuentes.  Hoy sé que está en el dolor y que usted no entiende porqué su hijo se topó con la peor calaña de seres humanos. No hay nada qué entender. No hay explicación que lo justifique. No tendrá ni siquiera el consuelo de una explicación.

Hoy no me importan las laptop, y creo que en general me importan poco. No hacen diferencia en la ineptitud del presidente para manejar los problemas del país. Me importan más esa señora y su tragedia, que si Chávez es o no pana de las FARC. Allá él y sus preferencias en escoger amigos. Y si los venezolanos, entre ellos su equipo entero de gobierno, la Asamblea Nacional y el Tribunal Supremo de Justicia aprueban y condonan su comportamiento, poco le queda al venezolano sin poder sino la súplica de justicia ante la tragedia.

Y son estas las situaciones que el debate político, especialmente la oposición o la ciudadanía activista debiera enfocar sus energías. No sólo para hacer crítica sino para participar en la búsqueda de soluciones.

Pero nada. Todos parecen parte del mismo sainete, de la misma telenovela política, con protagonistas a los que les importa nada el país en desgracia ni la pobreza que pende de un hilo de esperanza cada vez más precario, con una audiencia formada por las clases media -anonadada entre siliconas y superficialidad- y alta -rica y poderosa e indiferente.

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